
Municipalidad de Ingeniero Jacobacci
Coordinación de Cultura
Taller Literario
5 de diciembre de 2003
Jurado:
Prof. Javier Guirín
Sra. Viviana Simionatto
Organizadores:
Gabriela A. Buyayisqui
Lelia Desages
Coord. Taller Literario
OBRAS PREMIADAS
1° Premio: XXI
Juan Manuel Nordenström (Neuquen)
2° Premio: ECLIPSE
NARCÓTICO
Noelia Martínez Ríos (Neuquen)
3° Premio: LA AMENAZA NO ME TOCÓ
Ayelén Penchulef (Ingeniero
Jacobacci)
GÉNERO CUENTO
1° Premio: LA MUERTE Y
EL DICTADOR
Ezequiel E. García (Neuquen)
2° Premio: PURO CUENTO
M. Emilia Galván Gattoni (Ingeniero Jacobacci)
3° Premio: CENICIENTA
NO ESCARMIENTA
María Victoria Nassif (Ingeniero
Jacobacci)
GÉNERO POESÍA
1° Premio: CALMA
Angel Bottini (Rosario)
2° Premio: Y VINIERON
POR MÁS
Gustavo Abel Di Crocce (Ingeniero Jacobacci)
3° Premio: FELICIDAD
Claudio Rubén Anaya Gatica (Ingeniero Jacobacci)
Mención Especial: ZAMBA DE PUEBLO Y MICHAY
Gustavo Abel Di Crocce (Ingeniero Jacobacci)
(Música: Lorenzo Laciar)
GÉNERO CUENTO
1° Premio: EL GUARDIÁN
DE LOS DINOSAURIOS
Gustavo Abel Di Crocce (Ingeniero Jacobacci)
2° Premio: LA DE GAS Y
LA DE LEÑA
Cristian B. Rögger (Bariloche)
GÉNERO POESÍA
1° Premio: XXI
Juan Manuel Nordenström (Neuquen)
Brisa que sopla en mi oriente,
la piedra angular que rasga en el cielo
mezclando la noche y ese océano inerte
en un mismo cristal;
cálido abrazo, voces del este
plenas de aroma
a algodón y café,
sueño de campos reverdecidos.
Entre la tierra y sus labios de miel
cuando la siembra de su destino
da nueva vida al amanecer,
bailan otras praderas
la canción de mi viento.
2° Premio: ECLIPSE NARCÓTICO
Noelia Martínez Ríos (Neuquen)
Un día como hoy.
El sol brillando con su luz de insomnio.
Omnisciente.
Calor intenso de verano.
Aquel verano que pedía a gritos
ser reconocido.
Un nuevo amor.
Tal vez el único legítimo.
Pero a la vez rodeado de incertidumbre
y oscuridad.
Corazones rotos
nadando contra la corriente
en busca de sus flechas ebrias
con puntas perdidas.
Palabras corren sin un norte fijo
y un “te amo” que vuela con alas falsas.
El viejo cupido que tatúa una espina enmascarada
ha quedado ciego de besos,
sordo de caricias,
mudo de te quieros.
Besos que acuchillan
sin ni siquiera tocar los labios de la luna.
Sombra que ilumina
aquellas huellas marcadas
de los cobardes que huyeron de amor.
Lágrimas paranoicas que luchan
contra la distancia
y se ahogan en mi sueño.
Este sueño incierto
que ni a mi espíritu he de contar.
3° Premio: LA AMENAZA NO ME TOCÓ
Ayelén Penchulef (Ingeniero
Jacobacci)
El significado de la amenaza
se sabe cuando en realidad
se recibió.
El significado de la
presencia
se sabe con el tiempo.
El significado del tiempo
se sabe cuando éste se acaba
y uno
muere.
GÉENERO CUENTO
1° Premio: LA MUERTE Y EL DICTADOR
Ezequiel E. García (Neuquen)
“Hay de nosotros el día
que la muerte se ponga al servicio del odio, porque no será poda en el huerto,
sino estrago” –Liliana Bodoc en “Los
días de la sombra”
La
quebrada reseca se recortaba contra la luna. Un viento impío arrojaba la arena
sobre el madrejón. La Muerte avanzaba despacio. Una parva de buitres
hambrientos le hacía séquito. Su cuerpo, flaco y anguloso, mezquino en pechos y
caderas, apenas se esbozaba bajo la espesa capa negra que lo cubría. Entre las
arrugas de su rostro sin sangre se vislumbraban dos ojos ígneos. Su lacia
cabellera gris le llegaba a los pies y el mismo viento que arrancaba los
arbustos de cajo no conseguía moverla. Sus manos, tendinosas y pálidas,
brillaban bajo la luna.
Llegó
a la puerta del cuartel. Dispersó a los buitres con un gesto casi
imperceptible. Allí, en medio de la nada, estaba la oficina del dictador. Entró
sin vacilar. El ruido sordo de las pisadas de botas le llegaba lejano. Estaban
casi todos durmiendo. Muy de vez en cuando se encontraba con dos soldados
haciendo guardia frente a una puerta, que la dejaban pasar sin preguntarle
quien era, tal vez, porque temían la respuesta. A su paso, las paredes
blanqueadas a cal se despoblaban de arañas, que se escondían en los recovecos
del adobe. Llegó a la oficina del Dictador. Abrió la puerta.
El
dictador estaba inclinado hacia atrás leyendo un expediente, con las botas
apoyadas en el borde del escritorio. Alzando la vista sobre unos anteojos
rayados, vio entrar a su oficina a una mujer pequeña y pálida y al ruedo de sus
ropajes torvos quedar tras la puerta de cartón prensado. Los perros afuera empezaron
a ladrar con fuerza, pero ella los detuvo crispando una mano apenas. Se quitó
los lentes y cerró la carpeta.
-
¿Qué carajo quiere aquí?
La
muerte esbozó un gesto irónico en sus entrañas de ceniza.
- Vine por ti –su voz era
inusitadamente dulce-, por una vez no vine a buscar a un estudiante en un
sótano oscuro, a una jovencita violada y estrangulada por la impunidad ni a un
octogenario en la insalubridad de un sucucho. Por una vez –y se alegró al decir
esto, pero Ella jamás sonreía- echaré unas gotas de agua a la tierra yerma.
- Ja –dijo simplemente el
dictador-
Y la propia muerte se
horrorizó.
2° Premio: PURO CUENTO
M. Emilia Galván Gattoni (Ingeniero Jacobacci)
El
bosque era enorme, tenía pinos altísimos y grises.
De
lejos vi a una niña que perseguía a un lobo.
´Dl
pasó aterrado por mi lado y me pidió ayuda. Desesperado se escondió detrás de
mi.
La
niña nos descubrió: -¿Qué te pasa? –la interrogué. Entre gritos y sollozos me
explicó que el lobo había comido a su abuelita y que por eso quería vengarse.
La
voz del lobo se escuchó atormentada: - Es mentira, está loca-
Como
a mi me apetecen los niños, le propuse al lobo matarla y comerla entre los dos
!!!
Para
distraerla le pregunté a la niña: - ¿Cómo te vengarás del lobo? -
-
matándolo con esto –y de sus prolijas prendas sacó una reluciente navaja y me
la dio.
Fue
rápido; la maté y entre los dos comimos.
Luego
le tocó al lobo estaba apetitoso.
3° Premio: CENICIENTA NO ESCARMIENTA
María Victoria Nassif (Ingeniero
Jacobacci)
En
una aldea llamada “Laguna Verde” vivía con su madrastra una niña llamada María
Clara, pero todos le decían Cenicienta porque junto a la aldea había un
quemadero de basura y ella se pasaba los días jugando en las cenizas.
Un
día cuando iba al basurero, se cruzó con una extraña mujer que le dice que el
destino le dio la oportunidad de jugar ahí pero que no debía pasarse los días
enteros en ese lugar porque le traería mala suerte. La niña creyó que la mujer
estaba loca y no le dio importancia. Al poco tiempo detectaron un conducto que
comunica la nariz con los pulmones tapado por la aspiración de cenizas.
Ella estuvo mucho tiempo internada pero cuando le dieron el alta lo primero que
hizo fue ir a jugar al quemadero sin recordar lo que la extraña le dijo. Tres
días después Cenicienta muere, cuando todos en el velorio estaban llorando por
la niña, apareció la extraña mujer que le dijo a todos: -Como dijo Shakespeare
“el destino abaraja las cartas pero nosotros somos los que jugamos”- y luego
desapareció...
GÉNERO POESÍA
1° Premio: CALMA
Angel Bottini (Rosario)
Entre los verdes bosques duerme el fuego,
yace la tempestad tras la montaña.
Sueño abisal de lago duerme el viento,
para que nada turbe la mañana.
Mañana habrá tal vez borrasca y nieve
y el viento colgará pinches de escarcha.
Castigará a su paso los pehuenes
y golpeará furioso en la ventana.
Pero no será hoy, dios no lo quiera,
que su amarillo luzca la retama,
bailen los tulipanes en la brisa
y la lovelia, azul luzca en la grama.
Quién quiere viento hoy,
Quién quiere nieve?
¡Si está cantando el agua en la cascada
y a su canto el vaivén de los cipreses
ensaya el arabesco de la danza!
¡Si el lago es un tazón de puro cielo
que en la morena arena se derrama,
y son tantos los verdes que estremece
el tan solo pensar que terminaran!
Sobrado tiempo habrá junto a la hoguera,
pero no será hoy, quizás mañana.
Hoy se recostó el sol en la ladera,
en el verde faldón de la montaña.
Déjenlo dormitar serenamente,
que su amarillo luzca la retama,
que el tulipán se mezcla con la brisa,
que nada, nada quiebre tanta calma.
2° Premio: Y VINIERON POR MÁS
Gustavo Abel Di Crocce (Ingeniero Jacobacci)
Sin piedad se llevaron
treinta mil inocentes
los Herodes del Plata. Y
vinieron por más...
Estocada al Belgrano...
Nuestras islas sangraron
por piratas de hierro. Y
vinieron por más...
En subasta arreglada, al
país desguazaron...
¡Lo hicieron pedazos! Y
vinieron por más...
En cruz de desempleo, las
manos al obrero
con soberbia clavaron. Y
vinieron por más...
Libremente alambrando el
saber del presente,
el futuro confiscan. Y
vinieron por más...
Mientras ellos rapiñan,
nuestros niños de a miles
lloran su hambre en
T.V. Y vinieron por más...
El trabajo de todos
nuestros viejos saquearon
con leyes que compraron. Y
vinieron por más...
Disfrazados de buenos,
secuestraron... mataron...
como lobos rapaces... Y
vinieron por más...
El dolor en los padres, la
tristeza en los hijos...
¡sólo eso ha dejado su
apetito voraz!
No conformes con esto, con
su vuelo de buitres,
estos hijos de puta hoy
volvieron por más...
P.D. ¿y qué tal si esta
vuelta nos encuentran unidos,
enfrentando con fuerza su embestida tenaz?
¡Caerán de lo alto! ¡Rodarán por el barro!
¡Aullarán en las sombras! ¡Y que vengan por más!
3° Premio: FELICIDAD
Claudio Rubén Anaya Gatica (Ingeniero Jacobacci)
Es
hoy.
Fue
ayer y su estela?
El
sol y sus inicios.
Es
mi mujer.
Se
llama hijo.
Se
llama palabra y misterio.
Es
la senda que se desechó.
Son
tus perdones.
Es
darse en versos.
Es
todo, aún los caminos con cruces.
Se
llama duda.
O
es aquello que aún no asomó?
Es
estrategia que se refugia
en
la magia de estar vivo.
Mención Especial: ZAMBA DE PUEBLO Y MICHAY
Gustavo Abel Di Crocce (Ingeniero Jacobacci)
(Música: Lorenzo Laciar)
Jacobacci, mi pueblo
querido...
¡Qué igualito que sos al
michay!
Como espinas, firmeza en tu
gente,
aunque duela buscando
avanzar.
Y si adversa la tierra se
muestra,
mata y mata, más fuerte se
harán.
rama y rama, unidos codo a
codo...
¡Soplen vientos que vamos a
aguantar!
Florezca mi pueblo...
florezca el michay...
Mujeres y frutos, dulces
por igual:
si los saboreas un poquito
nomás
ya nunca, ya nunca te irás.
Si las saboreas un poquito
nomás
aunque vos te alejes
siempre volverás.
¡Y que lindo se pone mi
pueblo
cada vez que florece el
michay!
¡y tan linda se pone su
fiesta
que hasta Nguenechén se ha
de alegrar!
Y aunque alguno hasta el
tallo te corte
y te quiera el futuro
robar,
apretá bien los dientes
paisano,
tu raíz volverá a germinar.
Florezca mi pueblo...
florezca el michay...
Mujeres y frutos, dulces
por igual:
si los saboreas un poquito
nomás
ya nunca, ya nunca te irás.
Si las saboreas un poquito
nomás
aunque vos te alejes
siempre volverás.
GENERO CUENTO
1° Premio: EL GUARDIÁN DE LOS
DINOSAURIOS
Gustavo Abel Di Crocce (Ingeniero Jacobacci)
Bajó del tren con la
parcimonia de quien no tiene apuro en llegar. Dio unos pasos entre la
muchedumbre que como hormigas inundaban la estación de Ingeniero Jacobacci.
Algunos esperarían a algún pasajero y otros lo harían por simple distracción.
Su mirada recorrió escrutante los alrededores. Su mente, con una celeridad que
contradecía su calma externa, pugnaba por acomodar recuerdos a la imagen actual
que le transmitían los ojos. Sólo miraba como lo haría un actor a un nuevo
escenario... sin esperar nada de él. Nadie tendría porqué esperar su llegada.
Respiró unas
cuantas bocanadas del fresco aire patagónico y casi como quien recuerda que
tiene una tarea que realizar, emprendió un mecánico andar hacia el furgón de
cargas del que los empleados ya estaban bajando paquetes de todas las
dimensiones. El envoltorio en papel verde y rojo hacía rápidamente reconocible
a sus dos cajas. En ese momento casi como un acto reflejo, apretó su mano
izquierda asegurándose que allí estaba la manija de la maleta negra con vivos
plateados. Seguramente estaría acostumbrado a llevarla casi continuamente
consigo pues la movía con tanta naturalidad que parecía articularse como una
prolongación de su brazo. La correa de un bolso cruzándole el pecho completaba
todo su equipaje. Habló unos instantes con un changarín haciendo ademanes hacia
el tren estacionado, como si la indicación de su índice extendido pudiera
traspasar la formación. Extrajo de su bolsillo un billete de veinte pesos y
antes de dejarlo en las manos del asombrado muchacho, pareció darle las últimas
recomendaciones.
Sabía que
había un camino más corto atravesando las vías de maniobras, pero prefirió
caminar un poco más y cruzar hacia el otro lado del pueblo por el paso a nivel.
Después de todo, tenía mucho tiempo por delante y caminar un poco le vendría
bien luego de largas horas de viaje. Cuando entró al hotel, miró unos pocos
segundos la recepción y la sala advirtiendo que poco o nada había cambiado. Tan
parsimonioso como él en su andar, apareció el dueño del residencial que automáticamente
se ubicó detrás del pequeño mostrador. Se miraron unos interminables segundos.
Al propietario del alojamiento algo le llamó la atención en ese rostro... le
era familiar. Al viajero pareció incomodarle la mirada del hotelero que se
había clavado en su cara tratándola de hacer coincidir con alguno de los
retratos que de a centenares debían haber pasado por su memoria. Se apresuró a
comenzar un diálogo formal que interrumpiera ese tenso momento. Le anunció su
intención de obtener una habitación por una semana y como para no dar lugar a
mayores comentarios, extrajo con premura del bolsillo de su camisa un manojo de
billetes de cien pesos, separando dos que puso sobre el mostrador para acelerar
el pago adelantado de su hospedaje. Casi como conspirando para que no hubiera
lugar para el diálogo, ingresó el changarín cargando las dos llamativas cajas.
Excusa perfecta para dirigirse a la habitación sin más dilaciones.
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Adrián Guido
Densel. El nombre no le decía nada, pero estaba seguro de haberlo visto antes.
Sin embargo esa mañana cuando se dirigió al pequeño mostrador que servía de
conserjería, se encontró con la llave de la habitación ya colgada en el
casillero. La empleada de limpieza terminó de confirmarle que el señor Densel
había salido temprano. Por un momento, sin encontrar motivos, se lamentó haber
aceptado que el visitante simplemente le dijera el número de su documento de
identidad y no habérselo pedido. Tal vez con esa pequeña libreta en sus manos
hubiera podido ayudar a despejar sus dudas.
Aquel extraño
viajero se movía por las calles del pueblo como si supiera a qué lugar lo
conducía cada paso. Sin embargo, los lugareños le dedicaban apenas unas miradas
mezcla de sorpresa y pasajera intriga ante un desconocido que recorría las
calles. Cruzó todo el pueblo y se encaminó hacia el Barrio Ceferino. Sabía que
en esos alrededores podría encontrar alguien dispuesto a venderle un caballo.
No se equivocó. Pronto salía de una humilde casa de humeante chimenea apretando
las manos de aquel barbado abuelo que sonreía con la satisfacción de quien ha
concretado un provechoso negocio. Después de todo, ya tenía la plata de la
venta en su poder y el forastero se adueñaría al otro día un viejo animal que a
él más bien le brindaba compañía que utilidad. A don Timoteo sólo le restaba
llevarle el equino hasta el hotel ni bien aparecieran las primeros indicios de
la llegada del alba.
Volvió a
cruzar el pueblo. Al pasar por un almacén, detuvo su marcha y levantó la mirada
un par de segundos: sería una buena idea. Mientras compraba una buena cantidad
de alimentos, un frío sudor le recorrió el cuerpo. ¿Y si su viejo amigo ya no
viviera? Mentalmente calculó que andaría rondando los noventa años. Estaba
cerca del Barrio El Faldeo y aquel comerciante debería conocerlo como para
responder a su pregunta. Cuando el vendedor señaló en la dirección en la que él
sabía que vivía don Felipe Nahuelfil, sintió que el alma le volvía al cuerpo.
Sólo unos cientos de metros más debió recorrer hasta encontrarse con la
precaria pieza en la que su antiguo amigo pasaba sus días. El anciano ya casi
ni hablaba. Vivía solo y su única salida diaria era para ir hasta el comedor
comunitario en el que recibía los alimentos que nutrían su delgado y arrugado
cuerpo. Cuando al abrir la puerta vio el rostro del viajero, una amplia sonrisa
se dibujó en su desdentada boca. Densel entró. Puso sobre una astillada mesa las bolsas con el obsequio
que redobló en don Felipe la alegría que ya tenía ante la presencia de su visitante.
No salió de aquella pieza hasta bien entrada la noche. Uno de los motivos era
que Nahuelfil era el único amigo que tenía en todo Jacobacci. El otro era que
quería llegar tan tarde al hotel como para no tener que cruzarse nuevamente con
el dueño que parecía estar empeñado en reconocer su rostro.
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Ese día el
hotelero se levantó más temprano que de costumbre. Sin embargo, a pesar de que
sólo eran la siete y cuarto, aquel tal Adrián Densel ya había salido. La
empleada le informó que esta vez había atravesado las puertas del hospedaje
cargando dos bolsas de arpillera y aquella extraña maleta a la que un vistazo
más detenido hubiera revelado la existencia de dos candados que la mantenían
cerrada celosamente ubicados a cada lado de la manija. Casi a punto de explotar
por la intriga que rondaba su cabeza, se dirigió presuroso hacia su habitación
personal. No le importó que varios objetos cayeran al piso cuando extrajo una
caja de mediano tamaño de uno de los estantes de su biblioteca. Allí comenzó a
buscar ansiosamente entre una gran cantidad de fotografías y recortes
periodísticos. Un sudor de excitación le recorría la amplia frente pues parecía
comenzar a recordar que había visto aquel rostro del enigmático viajero entre
alguno de aquellos recuerdos gráficos. Su corazón se aceleró al máximo al
descubrir un papel cuyo tono amarillento delataba el paso del tiempo. Allí
estaba. Era “su” pasajero. La hoja del diario revelaba que la noticia databa de
veinticinco años atrás. La foto parecía tomada al azar en una cena en el otro
hotel del pueblo. Una línea impresa rodeaba el rostro de Densel quien aparecía
a un costado de la fotografía con su
rostro expresando una mezcla de perplejidad y temor. La crónica explicaba más
abajo que aquel hombre sobre el que no se mencionaba nombre o apellido, había
desaparecido misteriosamente en la zona de Bajo el Colorado, dejando abandonado
un caballo que había adquirido el día anterior. Pero algo atraía
insistentemente la vista del hotelero hacia la imagen, interrumpiendo la
lectura del artículo una y otra vez: aquella extraña persona de la fotografía
era exactamente igual a la que él había atendido la noche del ingreso al hotel.
Los años parecían no haber transcurridos para Densel. Veinticinco años y ni un
rastro del paso del tiempo. Ahora no sabía qué pensar. El relato del periodista
no decía que aquel hombre fuera un delincuente ni ofrecía ningún calificativo
destacado. Simplemente se limitaba a mencionar su extraña desaparición. Pero
nadie había denunciado su ausencia, solamente el dueño del otro hotel a quien
extrañó que pese a haber abonado por adelantado la habitación por una semana
nadie había vuelto a ver al pasajero de la fotografía.
Con aquel
recorte en el bolsillo de su campera, el propietario del alojamiento volvió a
enfrentar a la empleada de limpieza con preguntas que parecían brotarle a
borbotones. La pobre muchacha temerosa por no saber muy bien qué motivaba este
comportamiento plagado de ansiedad de su empleador, apenas atinó a referirle
que un tal Timoteo Cahuimpán le había llevado un caballo al señor Densel
aquella madrugada. No había terminado
de indicarle que aquel anciano vivía en el Barrio Ceferino, cuando el cada vez
más impresionado hombre salió raudamente en busca de su automóvil. No tardó
mucho en encontrar a Cahuimpán. Al mostrarle la fotografía del extraño, don
Timoteo sonrió recordando el buen negocio que había hecho con aquel viejo
caballo. Le indicó con el brazo en dirección al noroeste, apuntando hacia el
Barrio El Faldeo, en ademán indicativo de hacia donde había dicho Densel que se
dirigiría. Si no creía en sextos sentidos o cuestiones semejantes, a partir de
aquel día debería comenzar a considerarlo. Un raro pensamiento le hizo pisar el
freno hasta que los neumáticos levantaron una gris polvareda deteniendo por
completo la marcha del vehículo. No sabía porqué, pero entró a aquel pequeño
almacén con la convicción de que “su” viajero había pasado por allí. Un vistazo
a la foto dado por el vendedor alcanzó para que éste corroborara su presunción.
Al escuchar el nombre de Felipe Nahuelfil, un escalofrío le recorrió todo el
cuerpo. La mayoría en el pueblo sabían que aquel anciano nonagenario siempre
había fabulado con la existencia de dinosaurios vivos en algún lugar de aquel
valle de Bajo el Colorado en el que trabajos paleontológicos habían puesto al
descubierto una tumba con varias decenas de aquellos animales prehistóricos. Se
negaba a que los pensamientos le llevaran más allá de la realidad... pero
¿tendría algo que ver aquella fabulación de Nahuelfil con la curiosa falta de
envejecimiento de Densel?
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Don Felipe
abrió la puerta. Su agrietado rostro alternaba entre expresiones de alegría y
asombro. Dos visitas en cuarenta y ocho horas no era lo que el anciano
estuviera acostumbrado a recibir. Dos horas más tarde, salió el dueño del hotel
con su rostro empalidecido tratando infructuosamente de ordenar las ideas.
Nahuelfil se había referido a Densel como “el guardián de los dinosaurios”. Con
frases de pocas palabras y la dificultad para expresarse propia de su edad, le
había contado que aquel extraño visitante debía volver cada veinticinco años a
visitar al único dinosaurio que se había mantenido vivo desde millones de años.
En aquella celosamente cuidada maleta seguramente debería llevar consigo
aquella extraña mezcla de arbustos que al encenderlos cual incienso agradable a
Dios, serviría para indicarle al milenario animal que era “él” y no otro quien
había ingresado a la caverna. Sólo de esa forma, el dinosaurio saldría a su
encuentro y le guiaría por kilométricos laberintos hasta el lugar en el que
como un ojo de agua brota una extraña y viscosa materia de color violáceo. Allí
llenaría algunos envases que le alcanzarían para ir bebiendo unos pocos
centímetros cúbicos de aquel brebaje natural semana tras semana durante
veinticinco años. El dinosaurio, evidentemente un bebé a juzgar por sus poco
más de dos metros de largo, había permanecido durante millones de años con su
fisonomía inalterable justamente gracias a aquella infusión. Densel dejaría
encendidos unos cuantos arbustos para agasajar a su animal amigo al que
visitaba cada cuarto de siglo, mientras emprendía la salida recorriendo un
túnel al que la naturaleza había hecho de caprichosamente quebrado diseño.
Necesitaría prácticamente todas las linternas que las llamativas cajas
contuvieran hasta el día anterior y que ahora atesoraran dos sucias bolsas de
arpillera. Serían cientos de kilómetros los que tendría que recorrer hasta
llegar a la salida de tan preciosa cueva. Los cerros neuquinos serían mudos
testigos de su salida a la superficie terrestre varios días más tarde. Pero el
esfuerzo por lograr la perdurable juventud, valdría la pena tanto para “el
guardián de los dinosaurios” como para cualquier otro en su lugar.
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Ya sin tanta
prisa, el hotelero se internó tanto como su automóvil le permitió en la zona de
arcillosas tierras que se extendía a una legua y media de Ingeniero Jacobacci.
La certeza de sus pensamientos acerca de qué iba a encontrar le había hecho
perder todo apuro. A lo lejos, un caballo viejo era el mudo testigo de la partida
de Densel. Sabía que sería inútil tratar de encontrar sus rastros. La historia
había vuelto a repetirse. Ya de regreso en su habitación, miró una vez más el
recorte periodístico con la figura de Densel. Escribió sobre ella con lapicera
la fecha de ese día, aunque presentía que por más que dentro de veinticinco
años estuviera atento, Densel elegiría otro camino para llegar a la preciada
cueva. Por temor, por egoísmo o por algún otro motivo, nunca contaría a nadie
estos acontecimientos. Simplemente aguardaría pacientemente un cuarto de siglo
esperanzado en poder volver a encontrarse con Densel y arreglárselas de alguna
forma para seguirlo y hallar el preciado ingreso a aquella tan extraña como
ignorada caverna. Cada tanto, volvía a su mente el nombre de Densel. En una
oportunidad, jugueteando con las letras escritas sobre una hoja de cuaderno,
descubrió que en realidad “Adrián Guido Densel” no era más que un simple
anagrama de “El Guardián de Dinos”.
2° Premio: LA DE GAS Y LA DE LEÑA
Cristian B. Rögger (Bariloche)
Resignación me dije,
palabra que oí muchas veces.
Que será de mi, me
pregunté, pensando en el triste final de tantas otras, condenadas a la
herrumbre y a la intemperie.
Quizás me depara mejor
suerte como algunas que remozadas, fueron a parar a quinchos o galpones.
Tampoco me consolaba la
idea de transformarme en trasto de adorno. De cualquier modo era el fin. Se
acabó el reinado indiscutido.
De mimada y protegida,
siempre rodeada por todos, pasaría al olvido.
Revisé recuerdos, medio
siglo de calor y eficaz servicio.
Amiga y confidente supe de
proyectos y fracasos, de alegrías y tristezas. ¡Tanto pan, sopas y cremas!
¡Ah...! Y el agua caliente,
porque entonces nadie hablaba de gas y termotanques.
¡Qué tiempos de la aldea!
Cuánta paz y armonía. La madera incinerada no era bosque, sino leña muerta que
cuidadosamente separada daba lugar al retoño que hoy pudo ser un hermoso ciprés
o maitén. Todo era mejor, claro, no había nacido María Julia...
Habrán olvidado mi tibia compañía?
Compartimos navidades y
tristezas. Y en diciembre los exámenes, madrugadas de mateadas con estudios y
repaso.
Fue así que aprendí física
y química, también algo de inglés y geografía, aunque esto en marzo, los cinco
años, de cajón.
Ya que mi memoria también
es de hierro fundido, aún puedo decir todo aquello: Calderón de la Barca, el
teorema de Thales, cadenas carbonadas y desarrollar el cálculo infinitesimal de
una variable.
El alarmante rumor crece
junto al entusiasmo.
-
¡Ya llega el gasoducto! –decían.
-
Es tan práctico el gas, más barato y limpio – comentaban.
-
¡Pero cómo...? si nos llamaban “cocina económica”!
Y sucias, porqué?
Cuánta ingratitud. A ellos
les llega el primer mundo y a mi el fin.
Enseguida el tiro de
gracia: ¡”compré la cocina”!
Y llegó ella. Me había
prometido no mirarla, matarla con la indiferencia, aunque confieso que quería
hacerlo con otra cosa.
Pero fue inevitable, la
miré de reojo, fugazmente. La encontré pálida y tan escuálida como las modelos
que aparecen en las revistas.
Se me hizo un nudo en la
chimenea y las lágrimas inundaron mi horno y las hornallas. Recordé a los que
no están, en su temprana ausencia, era por ellos la pena.
En esa angustia estaba
cuando me saludó con timidez. Simulé estar dormida disfrazando el llanto contenido
con tos y carraspeos.
Pero insistió, volvió a
saludar muy educadamente. No me quedó otra alternativa que responder,
secamente, claro. Después de todo es la nueva soberana, admití resignada.
Y el ruido, las voces, la
alegría de los perros, anunciaban un mediodía de domingo. Eran todos, “los
Campanelli” como todavía les divierte llamarse.
Alegrarme yo? De qué? Si ya
no haré más tucos ni estofados. Súbitamente recordé aromas, las frambuesas de
verano, el pan de los inviernos.
Entraron...
-
¡Ah! Qué bien, ya la instalaron-¡
-
Anda bien? es buena marca –opinaron.
No podía creer en la
respuesta:
-
Mirá, para lo que la vamos a usar... para cosas apuradas o para
calentar el agua para el mate en la mañana mientras se enciende el fuego,
porque no hay como la cocina a leña...
-
Además, con el cariño que le teníamos, es un símbolo familiar-
Ahora una sola lágrima,
pero de emoción. Comprendí que la tonta soberbia me había jugado una mala
pasada.
Todo será como antes, o
casi, pues tengo una colega. Le ofrecí consejos y amistad, también ayuda,
aunque tan sólo sea para calentar la pava.
Inmediatamente, feliz y
eufórica me dispuse a dar el hervor que necesitan los tallarines caseros.